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Soñar para hacer posible un mejor presente: celebramos el Día de los Derechos de los Niños y las Niñas

La grandeza de la imaginación es una paradoja: cuando más grande es, más frágil se muestra. Es en nuestra infancia, cuando podemos soñar mundos sin límites, cuando más expuesta está esa imaginación creadora a las amenazas. La fragilidad de la niñez va acompañada de su enorme fortaleza, y cuidar la primera para cultivar la segunda es el deber primordial de toda comunidad que reconozca como máxima fundamental ese proverbio que surge de un cuento popular: hace falta toda una aldea para criar a un niño o a una niña.

Hoy se celebra el Día de los Derechos de los Niños y las Niñas, y como ciudad cuidadora sabemos que nuestro papel colectivo es garantizar que dichos derechos sean realidades. Hay muchos que son evidentes, porque responden al campo cotidiano del desarrollo personal, como el derecho a la educación, o el derecho a un hogar, o el derecho a no dormir con hambre. Esos derechos fundamentales podríamos resumirlos en uno:

Derecho a ser y recibir cuidados: todo niño y toda niña tiene derecho a que se cuiden sus derechos fundamentales, a que nadie los violente, y a que pueda así vivir una infancia plena donde sus capacidades e intereses puedan desarrollarse al máximo.

Y luego de tener ese derecho claro, y luego de hacernos cuidadores y cuidadoras de los niños y las niñas de Bogotá, trabajar por todos esos otros derechos que vale la pena hagamos parte de nuestra vida cotidiana. Para que creciendo en todas sus aptitudes, nuestros niños y nuestras niñas alcancen a hacer del mañana un destino favorable, amable, cercano; y nosotros y nosotras, cuidándoles desde ahora, hagamos posible un mejor presente.

  1. Derecho a preguntar por qué: La unidad mínima de la curiosidad son dos palabras entre signos de interrogación. “¿Por qué?”. En nuestra infancia nos apasionan los por qué, aparecen en la cotidianidad, en el colegio, en la casa, en el patio de juegos. Preguntamos por qué, y por qué, y por qué, y por qué, y así formamos una consciencia crítica del mundo, una forma de relacionarnos que se adentra en los misterios y busca explicaciones. Fomentar esta capacidad es hacer del futuro un espacio donde habrá preguntas y respuestas, donde podremos mejor decidir, como comunidad, los motivos de nuestras transformaciones.
  2. Derecho a jugar: El juego es una de las formas de crear más espontáneas que tenemos. Jugar nos enseña a imaginar, a conversar para llegar a acuerdos, a exigirnos y a proponer dinámicas que incluyen la diversidad esencial que hace parte de cualquier comunidad. Nuestra infancia es el territorio del juego y si jugamos con los niños y las niñas les enseñamos la importancia de esos universos que a profundidad imaginan. No hace falta mencionar el aprendizaje que el juego entrega, basta con señalar la felicidad que representa para cualquiera que participe de él.
  3. Derecho a contar historias: Atrás, y afortunadamente atrás, quedaron los tiempos donde la infancia era territorio exclusivo del silencio. Los niños y las niñas están llenas de historias, tienen mucho por contar, por opinar sobre el mundo, por conversar sobre lo que ven y experimentan. El derecho a contar historias es el derecho a la expresión libre de sus mundos interiores, es la oportunidad de que eso que sueñan e imaginan entre en contacto con nuestra capacidad de hacerlo real. No hace falta ninguna acción posible, basta la escucha atenta. Acompañando el derecho a contar historias está el derecho a que esas historias sean escuchadas.
  4. Derecho a elegir quién soy: Lentamente, con cada aprendizaje, con cada duda, con cada búsqueda, los niños y las niñas irán definiendo quienes son, irán diciendo lo que aman y gustan, lo que les conmueve y lo que no. Esa larga construcción de la identidad empieza desde la infancia y debemos cuidar la libertad y la responsabilidad que están asociadas a ella. Para que en el mañana recuerden la infancia con el cariño de quien allí obtuvo un hallazgo valioso, profundo, duradero.
  5. Derecho a no saber: Es triste la exigencia de tantas certezas cuando el misterio del mundo es tan amplio. En la infancia, ese misterio es, además, más difícil de nombrar. Lo desconocido es gigantesco y no siempre se tienen las palabras, los conceptos, para comprenderlo. El derecho a no saber es un recordatorio de que nadie nació con el conocimiento a cuestas. El derecho a no saber es el derecho a que me enseñen, con paciencia, con amabilidad, con cuidado, todas las cosas de este mundo.

Que hoy sea la oportunidad de reforzar estos derechos, de convertirnos en garantes de los mismos, de acompañar a nuestros niños y nuestras niñas para que desde el cuidado y la creación encuentren una ciudad abierta para ellos, una ciudad a la medida de sus sueños.

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