Fotografía del equipo del Centro Felicidad Chapinero
Fotografía por Elenssy Góngora

Lo que la arquitectura traduce

Lo que la arquitectura traduce

Por Arturo Cortés

 

Hay un momento del día que casi nadie ve en el Centro Felicidad Chapinero. Es temprano, el edificio todavía está cerrado y alguien lo recorre piso por piso: prende las luces, revisa el agua de las piscinas, limpia el vidrio de la entrada, prueba el sonido del teatro. Cuando entra la primera persona del día, todo parece recién estrenado. Pero nada amanece así por sí solo.

Este sábado 17 de octubre el edificio cumple dos años.

Las cifras darían para una columna entera: 1.184.600 ingresos, más de 2.000 actividades, más de 95.000 personas beneficiarias. Los premios también: tres Lápiz de Acero, el Premio Fernando Martínez Sanabria de la XXX Bienal Colombiana de Arquitectura y el reconocimiento en Espacios Diversos e Incluyentes. Pero quiero hablar de la gente que hizo posibles esos números y que casi nunca sale en la foto.

En Colombia solemos hablar de la obra pública como si terminara el día de la inauguración: cuánto costó, cuánto se demoró, quién cortó la cinta. Un edificio cultural, en realidad, empieza a existir al día siguiente. La prueba de fuego llega el día 300, el 500, el 730, cuando ya nadie viene a tomarse la foto y lo único que queda es sostenerlo. Es entonces cuando se sabe si la apuesta pública funcionó y si la gente le cree.

Con más de un millón de visitas encima, el edificio sigue pareciendo nuevo. Visitantes y amigos me lo dicen con algo de sorpresa, y la respuesta tiene poco que ver con los materiales. Tiene que ver con un equipo que limpia lo que un millón de pasos desgastan, arregla la tubería antes de que se vuelva noticia, acomoda actividades en un calendario donde ya no cabe un alfiler y responde los correos que nadie más quiere responder. Y que recibe a los artistas en la puerta, les consigue el cable que falta, les resuelve el camerino o el permiso enredado, para que se bajen del escenario con ganas de volver.

Ese último punto es más político de lo que parece. En una ciudad donde miles de artistas tienen talento de sobra y todavía no logran vivir de su oficio, la forma en que se les recibe en un escenario público dice mucho. Les confirma que lo suyo es un trabajo y no un favor que vinieron a pedir. Ese trato no lo asegura ninguna resolución; lo asegura la gente que está en la puerta.

Con nuestros asistentes ocurre algo parecido. La famosa formación de públicos, de la que tanto hablamos en el sector, se juega en cosas pequeñas: alguien orienta a la señora que entra por primera vez y no sabe a qué piso ir, alguien ya se sabe el nombre del niño que viene cada semana a natación. Así es como un edificio imponente se vuelve un lugar propio. La gente que se siente bienvenida regresa, y a fuerza de regresar termina siendo público.

En estos dos años aprendí algo que no me enseñaron en la academia: la arquitectura no produce sonrisas, apenas las traduce. El concreto, el vidrio y la luz que entra por la terraza hacen visible una energía que viene de quienes habitamos el edificio. Los premios reconocen el diseño. El millón de ingresos se explica por lo otro.

Me acuerdo mucho del primer Día del Niño que celebramos aquí. Llevábamos semanas preparándolo, con varias actividades, cada una con su horario, su espacio y su cupo calculado. Una era un taller de pintura de dinosaurios para unos 20 niños por grupo, tres grupos a lo largo de la jornada: 60 niños en total. En el papel, todo cuadraba.

Llegaron 200.

Vi crecer la fila desde la entrada. Había niños de la mano de sus papás, otros corriendo adelante, algunos preguntando ya por los dinosaurios. Uno empieza a hacer cuentas a toda velocidad, con los materiales, las mesas, el espacio y el tiempo, y ninguna da. Lo fácil era poner un letrero de “cupo lleno” y explicarles a los papás que el taller tenía un límite. Pero no podíamos dejar que un solo niño se fuera pensando que ese día no era para él.

Les pedí a los papás diez minutos para organizarnos y les prometí que nadie se iba a quedar sin pintar. Lo dije sin tener muy claro cómo lo íbamos a cumplir. Busqué a mi compañera, que como yo tenía algo de experiencia con la pintura, y no hubo que hablar mucho: tocaba ponerse a pintar dinosaurios.

Pasamos de organizadores a talleristas casi sin darnos cuenta. Dejamos las planillas y los radios, nos remangamos y nos sentamos con los niños. Movimos las mesas, estiramos los materiales para que alcanzaran, partimos los grupos y fuimos puesto por puesto enseñando a hacer una cola, a pintar escamas o a convertir un dinosaurio verde en uno morado con manchas amarillas, porque así lo había decidido su autor de cinco años. Los papás, que al principio esperaban de pie, terminaron sentados al lado de sus hijos, opinando y pintando también.

Al final de la tarde salieron 200 niños con las manos manchadas y su dinosaurio bajo el brazo, y otros tantos papás que llegaron sin saber qué iban a encontrar y se fueron contentos. Con el salón todavía lleno de papeles y pinceles sin lavar, se me salió en voz alta: de esto se trata. La jornada tenía un solo objetivo, que la gente fuera feliz, y lo cumplimos justamente porque el plan se nos cayó y supimos cambiarlo a tiempo.

Esa tarde no fue la única. Con otras caras y otros problemas, algo así pasa casi todos los días, y en el fondo para eso estamos: para demostrar con arte, con deporte, con música y con luces que vale la pena confiar en una apuesta pública como un Centro Felicidad.

Ese trabajo cotidiano hace parte de algo más grande. Bogotá acaba de ser escogida Capital Iberoamericana de las Culturas 2027, y quien camine la ciudad entiende por qué. Se nota en sus distritos creativos, donde un muralista se cruza con un arquitecto y un artista emergente comparte cuadra con un gestor que lleva décadas en el oficio. Se nota también en unas industrias creativas que crecen y todavía buscan dónde formarse y dónde mostrarse.

Un equipamiento como este es una pieza de ese engranaje. Un podcast grabado en el Estudio Estambul puede ser el comienzo de una carrera. La programación de una embajada comparte cartelera con la de un colectivo del barrio, y en la piscina una niña de tres años nada a pocos metros de una señora de setenta. Pero lo más importante que pasa aquí es que se forman públicos: gente que entra por primera vez, vuelve porque la trataron bien y mañana va a buscar, recomendar y quizá pagar por la cultura que descubrió en esta casa.

El sábado, cuando termine la celebración, alguien se va a quedar apagando las luces piso por piso. Al otro día las volverá a prender. Ese es el momento 731. Vengan a vivirlo.



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